Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Ana nunca supuso que su interlocutora podría adivinarlo, pero la cara de la señorita Lavendar palideció y lo dijo en voz muy queda, de la cual se habían desvanecido todo el color y la chispa habituales.

—¿Stephen Irving ha regresado?

—¿Cómo lo supo? ¿Quién se lo dijo? —gritó Ana desilusionada, dolida de que alguien se hubiera anticipado a su revelación.

—Nadie. Supe que era así por la forma en que me habló.

—Quiere venir a verla —dijo Ana—. ¿Puedo decirle que sí?

—Sí, desde luego. No hay razón para lo contrario. Sólo viene como viejo amigo.

Ana tenía una opinión particular sobre el asunto cuando entró apresuradamente en la casa para escribir una carta sobre el escritorio de la señorita Lavendar.

«¡Oh!, es delicioso estar viviendo una novela», pensó alegre. «Desde luego que todo saldrá bien, debe salir. Y Paul tendrá una madre como necesita y todos serán felices. Pero el señor Irving se llevará lejos a la señorita Lavendar, y Dios sabe qué le ocurrirá a la casita de piedra. De manera que esto tiene dos caras, como todo en el mundo».

La carta importante fue escrita y la propia Ana la llevó al correo de Grafton, donde pidió al cartero que la dejara en la oficina de Avonlea.


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