Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Es muy importante —le aseguró Ana ansiosamente.
El cartero era un viejo personaje algo rezongón, que no tenÃa en absoluto el aspecto de un mensajero de Cupido y Ana no estaba demasiado segura de poder confiar en su memoria. Pero él dijo que harÃa todo lo posible por acordarse y la muchacha tuvo que conformarse con eso.
Charlotta IV tuvo la sensación de que existÃa algún misterio en la casa de piedra esa tarde, misterio del cual estaba excluida. La señorita Lavendar vagaba distraÃda por el jardÃn. Ana parecÃa poseÃda por el demonio de la inquietud y caminaba sin cesar. Charlotta IV resistió hasta que se le acabó la paciencia. Entonces preguntó a Ana, aprovechando su tercera peregrinación inútil a la cocina.
—Por favor, señorita Shirley, señora —dijo Charlotta IV con un indignado movimiento de sus azules lazos—. Se ve bien claro que usted y la señorita Lavendar tienen un secreto y creo, con perdón si me adelanto demasiado, señorita Shirley, señora, que está muy mal que no me lo digan cuando hemos sido tan amigas.