Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Espero que se case con la señorita Lavendar —fue la inequÃvoca respuesta de Charlotta—. Algunas mujeres están destinadas a ser solteronas y temo que yo soy una de ellas, señorita Shirley, señora, porque tengo muy poca paciencia con los hombres. Pero la señorita Lavendar, no. Y he sufrido mucho pensando qué harÃa ella cuando yo creciera y tuviera que irme a Boston. No hay más mujeres en nuestra familia y Dios sabe qué serÃa de ella si diera con alguna extranjera que se riera de sus fantasÃas y dejara las cosas fuera de su lugar y no le gustara que la llamasen Charlotta IV. Puede que consiga alguna que no le rompa los platos, pero es seguro que no tendrá otra que la quiera más.
Y la fiel doncella abrió la puerta del horno con un bufido.
Aquella tarde cumplieron con la costumbre de tomar el té en «La Morada del Eco», pero en realidad nadie comió nada. Después del té, la señorita Lavendar fue a su habitación a ponerse su nuevo vestido de organdÃ; Ana le arreglaba el cabello. Ambas estaban muy nerviosas, pero la señorita Lavendar fingÃa estar tranquila e indiferente.