Ana, la de Avonlea

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—Mañana debo coser el roto de la cortina —dijo ansiosamente, inspeccionándola como si fuese la cosa más importante en esos momentos—. Esa cortina no ha dado el resultado que esperaba, considerando lo que pagué por ella. Charlotta ha olvidado sacar el polvo al pasamanos de la escalera otra vez. Tengo que hablarle sobre eso.

Ana se hallaba sentada en la escalera de la galena cuando llegó Stephen Irving por el sendero y cruzó el jardín.

—Éste es el lugar donde el tiempo no corre —dijo mirando en derredor—. Nada ha cambiado en la casa ni en el jardín desde que estuve aquí hace veinticinco años. Me hace sentir joven otra vez.

—Ya sabe usted que el tiempo no pasa en un lugar encantado —dijo Ana seriamente—. Las cosas comienzan a ocurrir sólo cuando llega el príncipe.

El señor Irving sonrió un poco tristemente a aquella cara llena de juventud y promesa.

—Algunas veces el príncipe llega demasiado tarde —dijo. Pero no le pidió a Ana que pusiera en prosa ese comentario. Como todas las almas gemelas, «comprendía».


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