Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Oh, no, no si se trata del verdadero prÃncipe que llega para la verdadera princesa —dijo Ana, mientras abrÃa la puerta. Cuando él hubo entrado, cerró y se volvió y vio a Charlotta IV, que era «toda sonrisas» en el salón.
—Oh, señorita Shirley, señora —suspiró—. Espié por la ventana de la cocina, y es muy guapo y justo de la edad ideal para la señorita Lavendar, y, ¡oh, señorita Shirley, señora! ¿Le parece que estará muy mal oÃr tras la puerta?
—SerÃa horroroso, Charlotta —dijo Ana con firmeza—, de manera que venga conmigo, lejos de la tentación.
—No puedo hacer nada y es horrible estar esperando —suspiró Charlotta—. ¿Y qué ocurre si no se le declara? Uno nunca puede estar segura de los hombres. Mi hermana mayor, Charlotta I, creyó una vez estar comprometida con uno. Pero resultó que él tenÃa una opinión diferente y ella dice que no volverá a confiar otra vez en ellos. Y sé de otro caso en que un hombre pensó que querÃa mucho a una mujer, cuando en realidad a quien querÃa todo el tiempo era a la hermana. Si un hombre no sabe lo que quiere, ¿cómo va a estar segura una pobre mujer?