Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Iremos a la cocina y sacaremos brillo a las cucharas de plata —dijo Ana—. Ésa es una tarea que afortunadamente no requiere mucha concentración, pues esta noche no podrÃa pensar. Y nos ayudará a pasar el tiempo.
Pasó una hora. Entonces, en el momento en que Ana sacaba brillo a la última cuchara, oyeron cerrarse la puerta principal. Ambas buscaron apoyo en los ojos de la otra.
—Oh, señorita Shirley, señora —tartamudeó Charlotta—: si se va tan temprano, es que no hay nada, si lo habÃa.
Volaron a la ventana. El señor Irving no tenÃa intención de partir. Él y la señorita Lavendar estaban recorriendo lentamente el sendero central, en dirección al banco de piedra.
—Oh, señorita Shirley, señora, le ha pasado el brazo por la cintura —murmuró contenta Charlotta IV—; él debe haberse declarado, de lo contrario, ella no se lo permitirÃa.
Ana cogió a Charlotta por la cintura y se pusieron a bailar hasta quedar sin resuello.
—¡Oh, Charlotta! —gritó la muchacha alegremente—. No soy una profetisa, pero voy a hacer una profecÃa. Habrá boda en esta vieja casa de piedra antes de que enrojezcan las hojas del arce. ¿Quiere que le ponga eso en prosa, Charlotta?