Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Ana saltó prestamente y comenzó a trabajar. Lavó la tetera varias veces antes de poner dentro el té. Luego repasó la cocina y puso la mesa, sacando los platos de la despensa. El estado de ésta la horrorizó, pero inteligentemente no dijo nada. El señor Harrison le indicó dónde estaba el pan y la mantequilla y una lata de melocotón. Ana adornó la mesa con un ramo de flores del jardín y cerró los ojos a las manchas del mantel. Pronto estuvo hecho el té y Ana se encontró sentada frente al señor Harrison ante su propia mesa, sirviéndole el té y hablando libremente de su escuela, sus amigos y sus planes. Apenas podía creerlo.
El señor Harrison había vuelto a llevar a Ginger, diciendo que el pobre pájaro se sentiría muy solitario y Ana, dispuesta a perdonar a todos y a todo, le ofreció una nuez. Pero los sentimientos de Ginger habían sido heridos muy gravemente y rechazó todo intento de amistad. Se sentó pensativamente en su percha y acomodó sus plumas hasta que quedó convertida en una pelota verde y oro.
—¿Por qué la llama Ginger? —preguntó Ana, a quien le gustaban los nombres apropiados y pensaba que Ginger no combinada en absoluto con ese magnífico plumaje.