Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Mi hermano el marino la bautizó asÃ. Quizá tenga algo que ver con su temperamento. Yo reflexiono mucho sobre este pájaro. Usted se sorprenderÃa si supiera cuánto. Claro está que también tiene sus defectos. Me ha costado muchos disgustos. Mucha gente protesta contra su costumbre de jurar, pero no se la puedo quitar. Lo he intentado y también lo intentaron otras personas. Alguna gente tiene prejuicios contra los loros. Es una estupidez, ¿no es cierto? A mà me gustan. Ginger me hace mucha compañÃa. Nada podrÃa inducirme a abandonarla… nada en el mundo, señorita.
El señor Harrison pronunció la última frase con tanto sentimiento como si hubiera sospechado en Ana un latente designio de persuadirlo de que dejara a Ginger. Sin embargo, a Ana estaba comenzando a gustarle ese extraño, inquieto y agitado hombrecillo y antes de que terminaran de tomar el té, se habÃan convertido en dos buenos amigos. El señor Harrison se interesó sobre la Sociedad de Fomento y aprobó la idea.
—Muy bien. Adelante. Hay montones de cosas que mejorar en este pueblo… y también personas.