Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —¡Es todo tan romántico! —suspiró Ana aquella noche hablando con Marilla—. Si aquel dÃa no hubiera tomado el camino equivocado habrÃamos llegado a casa del señor Kimball sin conocer a la señorita Lavendar y de no haberla conocido no habrÃa llevado allà a Paul, y él nunca hubiera escrito a su padre sobre sus visitas a la señorita Lavendar justo cuando el señor Irving partÃa para San Francisco. El señor Irving dice que cuando recibió esa carta, cambió de idea, mandó allà a su socio y él vino aquÃ. HacÃa quince años que no sabÃa nada de la señorita Lavendar. Alguien le habÃa dicho que estaba a punto de casarse, él lo creyó y nunca más le preguntó a nadie por ella. Y ahora todo termina bien. Y yo he contribuido a que asà sea. Quizá, como dice la señora Lynde, todo está predestinado y acaba por pasar de cualquier modo. Pero asà y todo es agradable pensar que he sido un instrumento del destino. SÃ, sin ninguna duda, es muy romántico.