Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Marilla miró el radiante rostro juvenil y refrenó sus impulsos sarcásticos. Quizá comprendió que, después de todo, era mejor tener «la visión y la facultad divinas»; ese regalo que el mundo no puede dar ni quitar, de mirar la vida a través de un cristal que hace que todo parezca rodeado de una luz celestial y de una gloria y frescura invisibles para quienes, como Charlotta IV y ella, veían la vida sólo en prosa.
—¿Cuándo será la boda? —preguntó después de una pausa.