Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —El último miércoles de agosto. Se casarán en el jardÃn debajo de la enredadera de madreselvas, que es donde el señor Irving se le declaró hace veinticinco años. Marilla, es tan romántico, aun en prosa. No estaremos más que la señora Irving, Paul, Gilbert, Diana y yo, y los primos de la señorita Lavendar. Y partirán en el tren de las seis hacia las costas del PacÃfico. Cuando regresen en el otoño, Paul y Charlotta IV irán a Boston a vivir con ellos. Pero «La Morada del Eco» la conservarán tal como es. Por supuesto venderán las gallinas y la vaca y asegurarán las ventanas; pero volverán todos los veranos. Estoy tan contenta. Me sentirÃa tan herida en Redmond si pensara que la querida casa de piedra estaba desnuda y desierta, con las habitaciones vacÃas… o lo que es peor aún, que vivÃan en ella otras personas. Pero ahora puedo pensar, tal como ha sido siempre, en un verano feliz que traerá vida y alegrÃas.