Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Había en el mundo más romances que el que vivían los maduros amantes de la casa de piedra. Ana lo comprendió repentinamente una tarde que iba a «La Cuesta del Huerto» por el atajo y llegó al jardín de los Barry. Diana Barry y Fred Wright estaban sentados bajo el gran sauce. Diana se hallaba recostada contra el tronco gris, con las pestañas bajas y las mejillas ruborosas; Fred le sostenía una mano e inclinaba su rostro hacia ella, murmurándole algo en el tono más bajo y formal. En aquel mágico instante sólo existían ellos sobre el mundo; de manera que no vieron a Ana, quien con una rápida y comprensiva mirada, se volvió silenciosamente y emprendió el regreso a través del bosque de abetos; no se detuvo hasta que llegó a su buhardilla donde tomó asiento sin aliento junto a la ventana y trató de reunir sus dispersos pensamientos.

—Diana y Fred están enamorados —murmuró—. ¡Oh!, eso nos hace parecer tan… tan… tan desesperanzadamente crecidos.

Ana sospechaba que Diana estaba dejando de ser fiel al melancólico héroe byroniano de sus más tempranos sueños. Pero como «las cosas que se ven son más potentes que las que se oyen», la constatación de que era realidad la alcanzó casi con la fuerza de una perfecta sorpresa. A ésta siguió una extraña y algo triste sensación, como si Diana hubiera entrado a un nuevo mundo y cerrado la puerta tras ella, dejando a Ana fuera.


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