Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea «Las cosas cambian tan rápidamente que a veces me asusta», pensó Ana algo triste, «y me temo que traerá algún cambio entre Diana y yo. Estoy segura de que después de esto no podré contarle todos mis secretos. PodrÃa repetÃrselos a Fred. ¿Qué verá en él? Es muy buen mozo y alegre… pero simplemente Frederic Wright».
Ésta es siempre una pregunta confusa: ¿qué puede ver esa persona en la otra? Pero cuán afortunado es que sea asÃ, pues si todos vieran igual, como dijo el viejo indio: «Todos querrÃan mi squaw[1]». Era claro que Diana veÃa algo en Frederic Wright, que estaba oculto a los ojos de Ana. La tarde siguiente, Diana fue a «Tejas Verdes» convertida en una dama pensativa y tÃmida y le contó a Ana toda la historia en el oscuro retiro de la buhardilla. Las jóvenes lloraron, se besaron y rieron.
—Soy tan feliz —dijo Diana—, pero ¿no suena ridÃculo pensar que estoy comprometida?
—¿Cómo es estar comprometida? —quiso saber Ana con curiosidad.
—Bueno, todo depende de con quién lo estés —respondió Diana, con ese hiriente aire de superioridad que adoptan los que están comprometidos para con quienes no lo están—. Es maravilloso estarlo con Fred, pero pienso que serÃa horrible estarlo con cualquier otro chico.