Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—No hay mucho consuelo para el resto de las mujeres, desde el momento en que existe un solo Fred —rió Ana.

—Oh, Ana, no lo entiendes —dijo Diana ofendida—. No quise decir eso. Es tan difícil de explicar. No importa, ya lo entenderás cuando te llegue el turno.

—Dios te bendiga, mi querida Diana, ahora lo entiendo: ¿para qué sirve la imaginación si no es capaz de ayudarte a mirar la vida a través de los ojos de los demás?

—Tú debes ser mi dama de honor, ya sabes, Ana. Promételo. No importa dónde estés cuando yo me case.

—Si es necesario, vendré desde el confín de la tierra —prometió Ana solemnemente.

—Claro que no será muy pronto —dijo Diana ruborizándose—. Tres años por lo menos, porque yo tengo dieciocho y mamá dice que una hija suya no se casará antes de los veintiuno. Además, el padre de Frederic va a comprar la granja de Abraham Fletcher y dice que quiere tener pagadas unas dos terceras partes antes de ponerla a nombre de su hijo. Pero de cualquier modo, tres años no es demasiado tiempo para prepararse para ser ama de casa. No tengo hecha ninguna labor. Pero mañana empezaré a hacer tapetes de ganchillo; Myra Gillis tenía treinta y siete tapetes cuando se casó, y estoy decidida a tener tantos como ella.


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