Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Supongo que sería imposible poner una casa con sólo treinta y seis tapetes —concedió Ana con rostro solemne pero bailarines ojos.

Diana se sintió herida.

—Nunca creí que te burlarías de mí, Ana —dijo en tono de reproche.

—No me burlaba —dijo Ana arrepentida—. Sólo te estaba molestando un poquito. Creo que serás el ama de casa más dulce del mundo. Y creo que es encantador que ya hagas planes para la casa de tus sueños.

Aún no había terminado de pronunciar «casa de tus sueños», que ya ésta había cautivado su fantasía e inmediatamente comenzó el montaje de una de su propiedad. Por supuesto, era de un dueño ideal, enigmático, arrogante y melancólico; pero Gilbert Blythe persistía en tomar parte en todo, ayudándola a disponer cuadros, a proyectar jardines y a llevar a cabo mil funciones que un héroe melancólico y orgulloso consideraría que rebajaban su dignidad. Ana trató de separar la imagen de Gilbert de su castillo en el aire, pero, como él continuaba allí, Ana, viéndose en un apuro, renunció a su intento y continuó su arquitectura aérea con tal éxito que su «casa de los sueños» estuvo construida y amueblada antes de que Diana volviera a hablar.


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