Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Supongo que pensarás que es raro que me guste tanto Frederic, cuando es tan distinto al tipo de hombre con quien yo siempre dije que me casarÃa, un hombre alto y esbelto; pero mira, si fuera asÃ, no serÃa Frederic. Por supuesto —agregó Diana algo penosamente—, haremos una pareja terriblemente gordinflona. Pero, después de todo, es preferible esto, a que uno de nosotros sea bajo y grueso y el otro alto y delgado, como Morgan Sloane y su esposa. La señora Lynde dice que no puede dejar de pensar en su diferencia cuando los ve juntos.
—Bueno —se dijo Ana aquella noche, mientras se cepillaba el cabello ante su espejo de marco dorado—. Estoy contenta de que Diana esté tan feliz y satisfecha. Pero cuando llegue mi turno, si es que llega, espero que sea más emocionante. Pero también Diana lo pensaba antes. La he oÃdo decir una y otra vez que nunca se comprometerÃa de un modo vulgar y… que él tendrÃa que hacer algo extraordinario para ganar su corazón. Pero ha cambiado. Quizá yo también lo haga. Pero no, estoy decidida a no hacerlo. ¡Oh!, creo que estos compromisos son turbadores cuando le suceden a los amigos Ãntimos.