Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Cuando terminaron de tomar el té, Ana insistió en lavar los platos, aunque el señor Harrison le aseguró que aún quedaban en la casa platos suficientes para varias semanas. También hubiera deseado de todo corazón barrer, pero no se veÃa la escoba por ningún lado y Ana no quiso preguntar dónde estaba por temor de que no hubiera.
—Venga a verme de vez en cuando —sugirió el señor Harrison cuando Ana ya se iba—. No estoy lejos y las personas deben ser atentas. Me interesa la sociedad que van a fundar. Me parece que va a ser divertido. ¿A quién van a atacar primero?
—No vamos a meternos con personas… sólo tenemos intenciones de mejorar lugares —dijo Ana con dignidad. Sospechaba que el señor Harrison se estaba burlando del proyecto.
Cuando se fue, éste quedó observándola por la ventana: una forma delgada y juvenil que corrÃa ágilmente a través del campo en medio del resplandor crepuscular.
—Soy un viejo rudo y solitario —dijo Harrison en alta voz— pero hay algo en esa chiquilla que me hace sentir joven otra vez y es una sensación tan agradable que me gustarÃa que se repitiera de vez en cuando.
—¡Pelirroja insignificante! —gritó Ginger.
El señor Harrison amenazó con el puño a la cotorra.