Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Pájaro del demonio —gruñó—, ojalá te hubiera retorcido el pescuezo cuando mi hermano el marino te trajo a casa. ¿Nunca terminarás de meterte en lÃos?
Ana corrió a su casa alegremente y relató su aventura a Marilla, quien estaba no poco alarmada por su larga ausencia y a punto de salir a buscarla.
—El mundo es hermoso, después de todo, Marilla —concluyó Ana.
—La señora Lynde se quejaba el otro dÃa de que el mundo no valÃa mucho. Dijo que cada vez que se espera algo placentero, es seguro que desilusiona; que nada ocurre como se espera. Bueno, quizá sea verdad. Pero tiene su lado bueno, también. Las cosas malas tampoco suceden como se las espera… casi siempre resultan mucho mejor de lo que se piensa. Yo esperaba una experiencia terriblemente fea cuando fui a ver al señor Harrison esta tarde y en lugar de ello, él fue muy amable y casi llegué a pasarlo bien. Creo que seremos verdaderos amigos si nos hacemos unas cuantas concesiones el uno al otro. Pero sin embargo, Marilla, le aseguro que jamás volveré a vender una vaca sin asegurarme antes de quién es el dueño. ¡Y no me gustan las cotorras!