Ana, la de Avonlea

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—Sospecho que nos irá bien —dijo Jane en tono reconfortante. Ella no estaba turbada por la aspiración de ejercer una influencia benéfica. Tenía intención de ganarse honradamente el sueldo, gustar a los síndicos y conseguir que su nombre estuviera en la lista de honor del inspector escolar. No tenía más ambiciones—. Lo principal es mantener el orden y un maestro debe ser severo para conseguirlo. Si mis alumnos no hacen lo que les digo, les castigaré.

—¿Cómo?

—Dándoles una buena azotaina, desde luego.

—¡Oh, Jane, no lo harás! —gritó Ana sorprendida—. ¡Jane, no podrás!

—Desde luego que sí, si es que lo merecen —contestó Jane decidida.

—Yo jamás podría azotar a un niño —dijo Ana con igual decisión—. No creo en absoluto en esas cosas. La señorita Stacy nunca nos azotó y mantenía un orden perfecto, y el señor Phillips siempre lo hacía y no guardaba orden alguno. No, si no puedo seguir adelante sin azotes, renunciaré a la enseñanza. Hay mejores modos de manejar alumnos. Trataré de ganarme su afecto y entonces ellos querrán hacer lo que yo les diga.

—Supongamos que no fuera así —dijo la práctica Jane.


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