Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —De todos modos no les azotarÃa. Estoy segura de que no servirÃa para nada. Querida Jane, no azotes a tus alumnos, no importa lo que hagan.
—¿Qué piensas sobre esto, Gilbert? —preguntó Jane—. ¿No te parece que hay niños que merecen unos azotes de vez en cuando?
—¿No te parece que azotar a un niño… cualquier niño… es cruel y bárbaro? —exclamó Ana, con la cara enrojecida por el ansia.
—Bueno —dijo Gilbert lentamente, dudando entre sus convicciones y su deseo de estar a tono con el ideal de Ana—, las dos estáis equivocadas. Yo no creo que deba azotarse mucho a los niños. Creo, como tú dices, Ana, que hay mejores maneras de manejarlos y que el castigo corporal debe ser el último recurso. Pero, por otro lado, como dice Jane, creo que hay niños a los que no queda más remedio que dar algún que otro azote de vez en cuando. Mi regla será: el castigo corporal como último recurso.
Gilbert, al tratar de complacer a ambos bandos, no consiguió, como suele pasar, quedar bien con ninguno. Jane movió la cabeza.
—Azotaré a mis alumnos cuando se porten mal. Es la manera más corta y fácil de convencerles.
Ana echó una mirada de desilusión a Gilbert.