Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Gilbert y Ana se miraron, sonriéndose tontamente. Una vez, Ana se había visto obligada a sentarse junto a Gilbert como castigo y las consecuencias habían sido tristes y amargas.
—Bueno, el tiempo dirá cuál es la mejor forma —dijo Jane filosóficamente cuando se separaron.
Ana regresó a «Tejas Verdes» por el Camino de los Abedules, umbrío, susurrante, aromático a través del Valle de las Violetas y cruzando Willowmere, donde la luz y las sombras se besaban bajo los pinos; pasó por el Sendero de los Amantes… todos lugares que ella y Diana bautizaron tanto tiempo atrás. Caminaba lentamente, gozando de la dulzura del bosque y los campos y del estrellado crepúsculo veraniego, y pensando juiciosamente en los nuevos deberes que debía afrontar al día siguiente. Cuando llegó al patio de «Tejas Verdes», la voz alta y decidida de la señora Lynde salía por la abierta ventana de la cocina.
«La señora Lynde ha venido a darme un buen consejo para mañana», pensó Ana con una sonrisa; «pero no creo que deba entrar. Sus consejos son como pimienta… Excelentes en pequeñas cantidades, pero algo dolorosos en dosis altas. Iré a charlar con el señor Harrison».