Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Ésta no era la primera vez que Ana iba a ver al señor Harrison desde el notable asunto de la vaca de Jersey. Había estado allí varias tardes y se habían hecho muy buenos amigos, aunque en ocasiones Ana se encontraba algo molesta ante la franqueza de que él se jactaba. Ginger todavía la miraba con sospecha y nunca dejaba de saludarla sarcásticamente con un «pelirroja insignificante». El señor Harrison había tratado en vano de quitarle la costumbre, dando un salto cada vez que ella entraba y exclamando: «¡Bendito sea Dios! Aquí está esa chica otra vez», o algo por el estilo. Pero Ginger le veía la intención y lo desdeñaba. Ana nunca sabría cuántos cumplidos le hacía el señor Harrison a sus espaldas. Por cierto que jamás los repetía en su presencia.
—Bueno, supongo que ha estado en el bosque haciendo provisión de vergajos para mañana —fue su saludo cuando Ana subió los escalones.
—Le aseguro que no —contestó ella indignada: Ana era siempre un excelente blanco para las bromas, pues se lo tomaba todo muy a pecho—. Nunca tendré un vergajo en mi escuela, señor Harrison. Desde luego que tendré un puntero, pero sólo lo usaré para señalar.
—¿De manera que piensa usar un cinturón? Creo que tiene razón. El vergajo duele más en el momento, pero el cinturón pica mucho más tiempo.