Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —No emplearé nada parecido. No voy a azotar a mis alumnos.
—¡Dios bendito! —exclamó el señor Harrison, con genuina sorpresa—. ¿Cómo se las arreglará para mantener el orden?
—Gobernaré con el cariño, señor Harrison.
—No servirá —contestó su interlocutor—; no dará resultado alguno, Ana. «Si dejas el vergajo, se te echa a perder el niño». Cuando yo iba al colegio, el maestro me azotaba regularmente cada dÃa, pues decÃa que aunque no estuviese haciendo nada malo, lo estaba planeando.
—Los métodos han cambiado desde sus dÃas escolares, señor Harrison.
—Pero la naturaleza humana, no. Recuerde mis palabras, nunca podrá gobernar a los niños sin tener un vergajo a mano. Es algo imposible.
—Bueno, primero probaré como yo creo que debe hacerse —dijo Ana, que tenÃa una voluntad bastante fuerte y solÃa aferrarse tenazmente a sus teorÃas.
—Veo que es usted bastante testaruda —fue la respuesta—. Bueno, veremos. Algún dÃa cuando se sulfure, y la gente con cabellos como los suyos se sulfura fácilmente, se olvidará de esos bellos principios y les dará una azotaina. De todos modos, es usted muy joven para enseñar… demasiado joven e infantil.