Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Aquella noche, Ana fue a acostarse con un ánimo bastante pesimista. Durmió poco y cuando bajó a desayunar a la mañana siguiente, estaba tan pálida y trágica, que Marilla se alarmó e insistió en que tomara una taza del horrible té de jengibre. Ana lo sorbió pacientemente, aunque sin poder imaginar qué bien podÃa hacer el té de jengibre. De haber sido un brebaje mágico, capaz de conferir edad y sabidurÃa, la muchacha hubiese tomado un litro sin pestañear.
—Marilla, ¿y si fracaso?
—No podrás fracasar por completo en un dÃa y hay muchos más —respondió Marilla—. Lo que ocurre contigo es que esperas enseñarlo todo a esos niños y reformarles al instante y si no lo consigues, crees que has fracasado.