Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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La escuchó en silencio, con la misma expresión hosca, y bufó desdeñosamente; cuando se retiró, Ana suspiró; se recobró al recordar que ganar el efecto de un Pye, como edificar Roma, no era obra de un día. De cualquier modo, era de dudar que en los Pye hubiera algún afecto que ganar; pero Ana esperaba cosas mejores de Anthony, quien tenía apariencia de poder convertirse en un niño bastante bueno si se conseguía ignorar su entrecejo fruncido.

Cuando la clase hubo terminado y los niños se retiraron, Ana se arrojó rendida sobre su silla. Le dolía la cabeza y se sentía desanimada. No había ninguna razón para ello, ya que no había ocurrido nada serio, pero Ana se sentía inclinada a pensar que nunca terminaría por gustarle la enseñanza. Y ¡qué horrible sería estar haciendo todos los días algo que no te gusta durante… bueno, digamos cuarenta años! Ana no había terminado de decidir si se pondría a llorar allí o esperaría hasta llegar a su cuarto en «Tejas Verdes», cuando oyó un taconeo y un crujir de sedas sobre el piso del patio, y al momento siguiente se encontró frente a una mujer cuya apariencia le hizo recordar una crítica del señor Harrison sobre una dama excesivamente engalanada que había visto en una tienda de Charlottetown. «Parecía una mezcla de figurín y pesadilla».


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