Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea La recién llegada estaba ataviada con un suntuoso traje de seda celeste, con volantes y fruncidos por todas partes. Su cabeza estaba coronada por un inmenso sombrero blanco, adornado con tres largas plumas de avestruz algo duras. Un velo de gasa rosa profusamente salpicado por lunares negros le colgaba desde el borde del sombrero hasta los hombros y flotaba vaporoso a sus espaldas.
Llevaba todas las joyas que pueden amontonarse en el cuerpo de una sola mujer, y exhalaba un fuerte olor a perfume.
—Soy la señora Donnell, la señora de H. B. Donnell —anunció— y he venido a verla por algo que me dijo Clarissa Almira a la hora de comer. Es algo que me ha incomodado excesivamente.
—Lo siento —balbuceó Ana, tratando vanamente de recordar algún incidente relacionado con los niños Donnell.
—Clarissa Almira me dijo que usted pronunció nuestro nombre Donnell. Ahora bien, señorita Shirley: la correcta pronunciación de nuestro apellido es Donnell, acentuando la última sÃlaba. Espero que lo recordará en el futuro.
—Haré lo posible —murmuró Ana ahogando el deseo de echarse a reÃr—. Supongo que debe ser terrible que pronuncien mal su apellido.
—Sà que lo es, y Clarissa Almira también me dijo que usted llama James a mi hijo.