Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Él me dijo que se llamaba asà —protestó Ana.
—Debà haberlo supuesto —dijo la señora Donnell en un tono que significaba que la gratitud de los niños no era cosa de esperar en estos tiempos de perversión—. Ese niño tiene gestos plebeyos, señorita Shirley. Cuando nació quise llamarlo St. Clair, suena tan aristocrático, ¿no le parece? Pero su padre insistió en que debÃa llamarse James, igual que su tÃo. Yo accedà porque el tÃo James era un solterón rico y viejo. ¿Y quiere creer, señorita Shirley, que cuando nuestro inocente niño tenÃa cinco años el tÃo James se casó y ahora tiene tres hijos propios? ¿Ha oÃdo alguna vez una ingratitud semejante? Cuando llegó a casa la invitación para la boda (porque tuvo la desvergüenza de enviarnos una invitación), dije: «Para mà se acabó James». Desde ese dÃa llamé a mi hijo St. Clair y asà quiero que lo llamen todos. Su padre se obstina en decirle James y el niño también tiene una incomprensible preferencia por ese nombre tan vulgar. Pero su nombre es St. Clair y St. Clair debe quedarle. Será tan amable de recordarlo, ¿no es cierto, señorita Shirley? Muy agradecida. Le dije a Clarissa Almira que estaba segura de que todo era una mala interpretación y que con una palabra se arreglarÃa. Donnell… acentuado en la última sÃlaba… St. Clair… y no tener en cuenta James. ¿Lo recordará? Muy agradecida.