Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Cuando la señora Donnell se retiró, Ana cerró la puerta de la escuela y partió camino a su casa. Al pie de la colina encontró a Paul Irving en el Camino de los Abedules. HabÃa recogido para ella un ramo de orquÃdeas silvestres que los niños de Avonlea llamaban «lirios de arroz».
—Por favor, señorita. Encontré estas flores en el campo del señor Wright —dijo vacilante— y me volvà a dárselas porque pensé que usted era la clase de dama a quien le gustan, y porque… —alzó sus grandes y hermosos ojos azules— porque me gusta usted, señorita.
—Gracias, querido —dijo Ana cogiendo las fragantes flores. El desconsuelo y la debilidad desaparecieron de su espÃritu como si las palabras de Paul hubieran sido un soplo de magia y la esperanza volvió a inundar su corazón como alegre manantial. Atravesó el Camino de los Abedules con paso ligero, acompañada por el perfume de sus orquÃdeas.
—Bueno, ¿cómo te fue? —quiso saber Marilla.