Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Pregúntemelo dentro de un mes y podré contestarle. Ahora no puedo… Ni yo misma lo sé… Estoy empezando a digerirlo. Tengo la sensación de que me han hurgado en los pensamientos hasta dejarlos turbados. Lo único que tengo seguridad de haber hecho hoy, es haberle enseñado a Cliffie Wright la letra «A». No la sabÃa. ¿No le parece que ya es algo haber lanzado un alma por un sendero que puede terminar en Shakespeare y en el ParaÃso Perdido?
La señora Lynde fue más tarde llevándole nuevos estÃmulos. La buena señora habÃa parado a los escolares al pasar por su portal para preguntarles si les gustaba la nueva maestra.
—Y todos dicen que eres muy buena, Ana, excepto Anthony Pye. Debo admitirlo. Dijo que «no tiene nada bueno, igual que todas las maestras». Es la levadura de los Pye. Pero no tiene importancia.
—No voy a darle importancia —dijo Ana con tranquilidad— y voy a hacer que Anthony Pye me quiera. Lo ganaré con paciencia y bondad.