Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—¡Oh! Es un día paradisiaco, Diana —y Ana suspiró de felicidad—. El aire tiene magia. Mira el púrpura en el fondo del valle. ¿Hueles los pinos que se secan? Viene de esa hondonada soleada donde el señor Eben Wright ha estado cortando estacas. Es una bendición vivir en un día así; pero el olor de los pinos es celestial. Eso es dos tercios Wordsworth y un tercio Ana Shirley. No parece posible que haya pinos que se sequen en el cielo. Y sin embargo, me parece que el cielo no sería perfecto si no se recibiera una bocanada de aroma de los pinos al cruzar sus bosques. Quizá tengamos allí el olor sin que mueran los pinos. Sí, creo que debe ser así. Ese aroma delicioso debe ser el alma de los pinos… y desde luego que en los cielos habrá almas justas.

—Los árboles no tienen alma —respondió la práctica Diana—; pero es verdad que el olor de los pinos que se secan es hermoso. Haré un almohadón y lo llenaré con agujas de pino. Tú también podrías hacer uno, Ana.

—Creo que sí, y lo usaré para las siestas. Estoy segura que soñaré entonces que soy una dríada o una ninfa de los bosques. Pero en este mismo momento estoy contenta de ser Ana Shirley, la maestra de Avonlea que recorre este camino en un día tan dulce y hermoso.


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