Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —¡Oh!, no, Anthony Pye no me quiere y no quiere hacerlo. Lo que es peor, no me respeta. Se limita a observarme con desprecio y debo confesarte que esto me preocupa muchÃsimo. No es que sea tan malo… sólo algo malicioso, pero no es peor que los demás. Rara vez me desobedece, pero acepta mis órdenes con un desdeñoso aire de tolerancia, como si considerara que no vale la pena discutir la cuestión… y es un mal ejemplo para los demás. He tratado por todos los medios de ganar su afecto, pero estoy empezando a temer que no lo conseguiré nunca. Me gustarÃa, pues es un buen chico; además es un Pye y podrÃa quererlo, si me dejara.
—Probablemente todo sea el resultado de lo que escucha en su casa.
—No, en absoluto. Anthony es un pequeño muy independiente y se forma sus propios juicios sobre las cosas. Siempre ha acudido a los hombres y dice que las mujeres no saben enseñar. Bueno, veremos qué se consigue con paciencia y amabilidad. Me gusta salvar dificultades y enseñar es verdaderamente interesante. Paul Irving compensa por todo lo que les falta a los otros. Ese niño es un perfecto encanto, Gilbert; y un genio, por añadidura. Estoy segura de que el mundo oirá hablar de él algún dÃa —concluyó Ana con acento conmovido.