Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—A mí también me gusta enseñar —respondió Gilbert—. Es un buen adiestramiento, Ana. He aprendido más en las semanas que llevo enseñando en White Sands, que en todos mis años de colegio. Parece que a todos nos va muy bien. He oído decir que a la gente de Newbridge le gusta Jane, y creo que White Sands está bastante satisfecho con éste tu humilde servidor. Todos, excepto el señor Andrew Spencer. Anoche, cuando regresaba a casa, me encontré con la señora de Peter Blewett y me dijo que creía que era su deber informarme de que el señor Spencer no aprobaba mis métodos de enseñanza.

—¿Has notado —preguntó Ana reflexivamente— que cuando alguien te dice que cree su deber informarte sobre una cosa determinada, debes prepararte para oír algo desagradable? ¿Por qué será que nunca consideran un deber decirte algo agradable que hayan escuchado sobre ti? La señora de H. B. Donnell volvió ayer otra vez a la escuela y me dijo que creía que era su deber informarme de que la señora de Harmon Andrews no aprobaba el que yo les leyera cuentos de hadas a los niños, y que el señor Rogerson pensaba que Prillie no adelantaba lo suficiente en aritmética. Si Prillie perdiera menos tiempo en hacer guiños a los muchachos por encima de su pizarra adelantaría más. Estoy completamente segura de que James Gills le hace las sumas en clase, pero nunca he podido pescarlo con las manos en la masa.


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