Ana, la de Avonlea

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—¿Has conseguido reconciliar al vástago de la señora Donnell con su bendito nombre?

—Sí —rió Ana—; pero fue una labor verdaderamente difícil. Al principio, cuando lo llamaba «St. Clair», no hacía caso hasta que lo repetía dos o tres veces; y luego, cuando los otros niños le tocaban con el codo, miraba con un aire tan agraviado como si le hubiera llamado John o Charlie y él no hubiera tenido por qué saber a quién se refería. De manera que una tarde le hice quedar después de clase y le hablé muy amablemente. Le dije que su madre quería que le llamara St. Clair y que no podía oponerme a sus deseos. Lo comprendió así, pues es un niño muy razonable, y dijo que yo podía llamarlo St. Clair, pero que «le daría una tunda» al compañero que lo hiciera. Por supuesto, tuve que reprenderlo por usar esos términos. Desde entonces yo le llamo St. Clair, y los muchachos le dicen James y todo marcha bien. Me ha confesado que quiere ser carpintero, pero la señora Donnell dice que debo hacer de él un profesor universitario.

La mención de la universidad dio un nuevo giro a los pensamientos de Gilbert, y durante un rato hablaron de sus planes y sueños; grave, seria, esperanzadamente, como hablan los jóvenes mientras el futuro es aún un sendero no hollado, lleno de posibilidades maravillosas.

Gilbert había decidido ya que sería médico.


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