Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Es una profesión magnÃfica —dijo con entusiasmo—. Un hombre debe luchar por algo durante toda su vida. ¿No ha definido alguien al hombre como un animal de lucha? Y yo deseo luchar contra la enfermedad, el dolor y la ignorancia. Quiero hacer en el mundo mi parte de trabajo real y honesto, Ana; contribuir en algo a la suma de la inteligencia humana que han venido acumulando todos los hombres de bien desde el comienzo de los siglos. Los hombres que han vivido antes que yo han hecho tanto por mÃ, que quiero demostrar mi gratitud haciendo algo por los que vendrán después. Me parece que es la única manera de cumplir con las obligaciones hacia la raza.
—A mà me gustarÃa contribuir a la vida con algo de belleza —dijo Ana soñadoramente—. No es mi deseo exacto hacer que la gente sepa más… aunque reconozco que ésa es la más noble de las ambiciones. Pero me gustarÃa hacer que los demás pudieran ser más felices y alegres gracias a mÃ; darles pequeñas alegrÃas que nunca hubieran disfrutado de no haber nacido yo.
—Creo que todos los dÃas cumples tu ambición, Ana —dijo Gilbert con admiración.
Y tenÃa razón. Ana era una de esas criaturas que iluminaban por naturaleza. Cuando hubo pasado junto a una vida con una sonrisa o una palabra, el poseedor de aquella vida la pudo ver, por lo menos durante ese instante, hermosa y llena de esperanzas.