Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Por fin, Gilbert se incorporó pesarosamente.
—Bueno, debo correr a casa de los MacPherson. Moody Spurgeon llega hoy de la Academia de la Reina para pasar el domingo en su casa y va a traerme un libro que me envÃa el profesor Boyd.
—Y yo debo preparar el té para Marilla. Fue a ver a la señora Keith y regresará pronto.
Cuando llegó Marilla, Ana ya tenÃa el té preparado; los leños crepitaban en el fuego, la mesa estaba adornada con ramas de pino y rojas hojas de arce, y el aroma del jamón y las tostadas llenaba el ambiente. Pero Marilla se sentó en su silla con un profundo suspiro.
—¿Le molestan los ojos? ¿Le duele la cabeza? —inquirió Ana con ansiedad.
—No, sólo estoy cansada… y preocupada por Mary y sus niños. Mary está peor; no durará mucho. Y en cuanto a los mellizos, no sé qué será de ellos.
—¿No han tenido noticias del tÃo?