Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Sí. Mary recibió una carta suya. Está trabajando en un aserradero y «haciéndolo temblar», aunque no sé qué quiere decir eso. De cualquier modo, dice que no tiene posibilidades de poder hacerse cargo de los niños hasta la primavera. Espera estar casado para entonces y tener una casa donde llevarlos; pero dice que Mary debe conseguir que algún vecino se los tenga durante el invierno. Ella dice que no puede atreverse a pedirle a ninguno que lo haga. Mary nunca se llevó bien del todo con la gente de East Grafton. Ahí está el asunto. Y al fin y al cabo, Ana, estoy segura que Mary quiere que me haga cargo de los niños; no dijo una palabra, pero me lo pidió con los ojos.

—¡Oh! —Ana juntó las manos estremeciéndose—. Y por supuesto que lo hará. ¿No es cierto, Marilla?

—Todavía no me he decidido —dijo ésta agriamente—. No decido las cosas tan precipitadamente como tú, Ana. El ser primos terceros es muy poco parentesco, y es una terrible responsabilidad cuidar de dos niños de seis años, mellizos para colmo.

Marilla tenía la convicción de que los mellizos eran el doble de malos que los otros niños.


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