Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea El gordo poni cruzó el puente del Valle de Lynde y entró al sendero de «Tejas Verdes». La cara de Marilla no era muy alegre. Desde East Grafton llevaba recorridos quince kilómetros y Davy Keith parecía poseído por el baile de San Vito. El hacerle sentar quieto escapaba a las fuerzas de Marilla y durante todo el camino había estado con el temor constante de que cayera detrás del coche y se rompiera el cuello o fuera a parar a las patas traseras del poni. Finalmente, le amenazó con azotarle tan pronto llegara a casa. En seguida Davy se sentó en su regazo, haciendo caso omiso de los ruidos, le echó sus brazos regordetes al cuello y le dio un abrazo de oso.
—No creo que lo diga de veras —dijo besándole afectuosamente la arrugada mejilla—. No parece una señora capaz de azotar a un niño nada más que porque no se queda quieto. Cuando era como yo ¿no le resultaba muy difícil estarse quieta?
—No, siempre me quedaba quieta cuando me lo ordenaban —dijo Marilla, hablando secamente aunque sentía ablandársele el corazón ante las impulsivas caricias de Davy.