Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Tengo tanta hambre que no me deja tiempo para comer correctamente —dijo cuando Marilla lo reprendió—. Dora no tiene ni la mitad de hambre que yo. Mire todo el ejercicio que hice para venir aquÃ. Esa torta es lo mejor de lo mejor. HacÃa muchÃsimo tiempo que no comÃamos torta en casa, porque mamá estaba demasiado enferma para hacerla y la señora Sprott decÃa que ya era demasiado hacernos el pan. Y la señora Wiggins nunca les pone ciruelas a sus tortas. ¿Puedo servirme otro trozo?
Marilla hubiera dicho que no, pero Ana cortó un generoso pedazo. Sin embargo, recordó a Davy que debÃa decir «gracias». Éste hizo una mueca y le dio un buen mordisco. Cuando hubo terminado con su trozo, dijo:
—Si me diera otro trozo, le darÃa las gracias por él.
—No, ya has comido bastante torta —respondió Marilla, en un tono que Ana conocÃa y que Davy llegarÃa a conocer en el futuro como definitivo.
Davy guiñó el ojo a Ana e inclinándose de pronto sobre la mesa, le quitó a Dora su trozo de torta, al cual la niña habÃa dado sólo un pequeño bocado y, abriendo cuanto pudo la boca, se metió el trozo Ãntegro. Los labios de Dora temblaron y Marilla quedó muda de horror. Ana exclamó, con su tono «magistral»:
—¡Oh, Davy!, los caballeros no hacen cosas asÃ.