Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Susan se había despertado a las tres con la extraña sensación de que alguien la necesitaba mucho. Se había levantado y había caminado de puntillas por el vestíbulo hasta la puerta del dormitorio de la señora Blythe. Todo era silencio allí; había oído la respiración suave y acompasada de Ana. Susan había recorrido la casa y vuelto a la cama, convencida de que la extraña sensación no era más que la resaca de una pesadilla. Durante todo el resto de su vida, Susan creyó haber tenido eso de lo que se había burlado siempre y que Abby Flagg —que «creía» en el espiritismo— llamaba «una experiencia psíquica».
«Walter me llamaba y yo lo oí», afirmaba.
Susan se levantó y volvió a salir, pensando que Ingleside estaba en verdad embrujada esa noche. Tenía puesto sólo su camisón de franela, que había encogido con los repetidos lavados hasta llegarle bien por encima de los tobillos huesudos; pero fue la visión más hermosa del mundo para la temblorosa criaturita de carita pálida cuyos desesperados ojos grises la miraban desde el descanso de la escalera.
—¡Walter Blythe!
En dos pasos, Susan lo tuvo en sus brazos, en esos brazos fuertes y tiernos.
—Susan, ¿mamá está muerta? —preguntó Walter.