Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside En un instante, todo había cambiado. Walter estaba en la cama, calentito, alimentado, consolado. Susan había encendido el fuego, le había traído una taza de leche caliente, una rodaja de dorado pan tostado y un gran plato con sus preferidas galletas «cara de mono», y después lo había arropado, con una bolsa de agua caliente en los pies. Le había besado y curado la rodillita lastimada. Era tan lindo sentirse cuidado por alguien, querido por alguien, importante para alguien…
—¿Estás segura, Susan, de que mamá no está muerta?
—Tu madre está profundamente dormida, bien y feliz, mi corderito.
—¿Pero no estuvo enferma? Opal dijo…
—Bien, mi corderito, ayer no se sintió del todo bien, pero ahora todo acabó y esta vez no corrió peligro de muerte. Espera a que duermas un poco y la verás, a ella y a alguien más… ¡Si llego a ponerle una mano encima a esos demonios de Lowbridge! No puedo creer que hayas recorrido a pie todo el camino desde Lowbridge. ¡Diez kilómetros! ¡Y en semejante noche!
—Sufrí una espantosa agonía mental, Susan —dijo Walter, muy serio. Pero todo había terminado; estaba a salvo y feliz, estaba… en casa… estaba…
Estaba dormido.