Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —Mi querida tÃa Mary MarÃa —dijo Ana, divertida—, realmente no soy responsable de las cosas que diga en esta época del año. Todos los que me rodean lo saben. Siempre me vuelvo un poco loca en primavera. Pero es una locura tan divina… ¿Se ha fijado en esas nieblas, encima de las dunas, que parecen brujas bailarinas? ¿Y los narcisos? Nunca antes hemos tenido tantos narcisos en Ingleside.
—A mÃ, los narcisos no me gustan mucho. Son demasiado ostentosos —dijo la tÃa Mary MarÃa. Se acomodó el chal y entró en la casa para protegerse la espalda.
—¿Sabe, mi querida señora —dijo Susan, con aire de mal agüero—, qué fue de esos nuevos lirios que usted querÃa plantar en aquel rincón sombreado? Ella los plantó esta tarde, cuando usted no estaba. En la parte más soleada del jardÃn trasero.
—¡Ay, Susan! ¡Y no podemos quitarlos porque ella se ofenderÃa!
—Si usted me lo permitiera, mi querida señora…
—No, no, Susan, los dejaremos ahà por ahora. Lloró, ¿recuerda?, cuando le comenté que no tendrÃa que haber podado la buganvilla antes de que floreciera.
—Pero despreciarnos los narcisos, mi querida señora… que son famosos en todo el puerto…