Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —Ah, mamá, el mundo se ha lavado bien la cara, ¿verdad? —exclamó Di la mañana en que regresó el sol.
HabÃa pálidas estrellas de primavera sobre campos de niebla, habÃa sauces en el pantano. Hasta las ramas de los árboles parecieron haber perdido de pronto su clara y frÃa silueta para volverse suaves y lánguidas. El primer petirrojo fue todo un acontecimiento; el Pozo fue una vez más un lugar lleno de un libre y silvestre deleite; Jem le llevó a su madre las primeras anémonas… para ofensa de la tÃa Mary MarÃa, convencida de que tendrÃa que habérselas regalado a ella; Susan comenzó a limpiar los estantes de la buhardilla, y Ana, que casi no habÃa tenido un minuto para ella en todo el invierno, se puso la alegrÃa primaveral como un vestido y literalmente vivÃa en el jardÃn, mientras que Camarón mostraba sus éxtasis primaverales retorciéndose en todos los senderos.
—Te preocupas más por ese jardÃn que por tu marido, Anita —dijo la tÃa Mary MarÃa.
—Mi jardÃn es tan bueno conmigo… —respondió Ana, en medio de una ensoñación, y entonces, al darse cuenta de lo que podrÃa deducirse de su respuesta, se puso a reÃr.
—Dices cosas tan raras, Anita. Claro que yo sé que no es tu intención decir que Gilbert no es bueno, pero ¿y si te escuchara un extraño?