Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—No… no… ¡no! No me resulta nada simpática. Tiene esa mirada redonda de ojos azules, como toda su familia… Y no me molestan las fantasías de Ana Cordelia. Son muy bonitas, como lo eran las tuyas. Supongo que ya tendrá suficiente «realidad», tal como van los tiempos.

—Bien, entonces está decidido. Ven a Tejas Verdes a eso de las dos, y beberemos una copita del licor de grosellas de Marilla… sigue haciéndolo de vez en cuando, a pesar del ministro y de la señora Lynde… nada más que para sentirnos realmente diabólicas.

—¿Te acuerdas del día en que me emborrachaste con ese licor? —preguntó Diana, riendo. La palabra «diabólica» no le importaba tanto dicha por Ana como le habría importado dicha por otra persona. Todo el mundo sabía que Ana no decía esas cosas en serio. Era su manera de ser.

—Mañana tendremos un día de «¿te acuerdas?», Diana. No te entretengo más… ahí viene Fred con el coche. Tu vestido es precioso.

—Fred me convenció de comprarme uno nuevo para la boda. Yo decía que no debíamos gastar dinero, ya que estamos construyendo el nuevo granero, pero él dijo que no iba a permitir que su esposa pareciera una mujer a quien invitaban pero no podía ir, cuando todas las demás irían emperifolladas al máximo. ¿No es típico de un hombre?


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