Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —Ah, pareces la señora Elliott, de Glen —dijo Ana con tono severo—. Cuidado con esa tendencia. ¿Te gustarÃa vivir en un mundo sin hombres?
—SerÃa horrible —admitió Diana—. SÃ, sÃ, Fred, ya voy. ¡Ay, sÃ, está bien! Hasta mañana, entonces, Ana.
Ana se detuvo junto a la Burbuja de la Ninfa en el camino de regreso. Le gustaba tanto aquel viejo arroyito… Cada eco de su risa de niña, que el arroyo alguna vez habÃa atrapado, lo habÃa guardado y ahora parecÃa devolverlo a sus oÃdos atentos. Sus viejos sueños… podÃa verlos reflejados en la diáfana Burbuja… viejos juramentos… viejos susurros… El arroyo lo guardaba todo y murmuraba, pero no habÃa nadie escuchando, salvo los sabios y viejos abetos del Bosque Encantado, que escuchaban desde hacÃa tanto…