Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Alden se sentó en el escalón de la galería, con la cabeza descubierta apoyada contra el poste. Era, como Ana había pensado siempre, un joven muy atractivo: alto y de espaldas anchas, con un rostro blanco como la nieve, que jamás se bronceaba, vivaces ojos azules y cabello corto castaño oscuro. Tenía una voz risueña y unos modales encantadores que gustaban a las mujeres de todas las edades. Había ido tres años a Queen’s y había pensado en ir a Redmond, pero la madre no lo dejó, alegando razones bíblicas, y Alden se había instalado, bastante contento, en la granja. Le gustaba trabajar la tierra, le había dicho a Ana; era un trabajo independiente, al aire libre; tenía la habilidad de la madre para hacer dinero, y la atractiva personalidad del padre. No era de extrañar que se lo considerara un muy buen partido.

—Alden, quiero pedirte un favor —dijo Ana, cautivante—. ¿Me lo harías?

—Cómo no, señora Blythe —contestó él, con entusiasmo—. Dígame qué. Usted sabe que haría cualquier cosa por usted.

Era verdad que Alden quería mucho a la señora Blythe y que sería capaz de hacer cualquier cosa por ella.


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