Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Ellas iban sin sombrero. El cabello de Ana aún brillaba como caoba lustrada, a la luz del sol, y el de Diana todavía era de un negro brillante. Intercambiaban miradas de regocijo, de entendimiento, de cálida amistad. Por momentos, caminaban en silencio… Ana siempre decía que dos personas que se entendían tanto como ella y Diana podían sentir cada una los pensamientos de la otra. A veces salpicaban la conversación con ¿te acuerdas…? «¿Te acuerdas el día que te caíste en el corral de los patos de los Cobb, en la calle Tory…? ¿Te acuerdas de cuando asustamos a la tía Josephine…? ¿Te acuerdas de nuestro Club de Cuentos…? ¿Te acuerdas de la visita de la señora Morgan, cuando te manchaste la nariz de rojo…? ¿Te acuerdas de cómo nos hacíamos señales con velas desde las ventanas…? ¿Te acuerdas de cómo nos divertimos en la boda de la señorita Lavender y de los moños azules de Charlotta…? ¿Te acuerdas de la Sociedad para el Mejoramiento?». Casi les parecía que podían oír sus antiguas carcajadas resonando a través de los años.
La AVIS estaba, al parecer, muerta. Había ido desintegrándose poco a poco tras la boda de Ana.
—No pudieron sostenerla, Ana. Los jóvenes de Avonlea no son lo que eran en nuestros tiempos.