Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¡Admirable mujer clarividente! ¡Eres un tesoro de prima polÃtica! Lo admito: me muero por leer. Pero nadie que no fuera tú habrÃa tenido la perspicacia de darse cuenta ni la bondad de salvarme la vida actuando en consecuencia. ¿Cuánto me vais a sacar?
—Puedes contribuir con cinco dólares.
—Nunca discuto con una dama. Cinco dólares serán. Ah, ¿os vais? ¡Nunca pierde el tiempo, esta mujer es única! Una vez que ha alcanzado su objetivo de inmediato lo deja a uno en paz. Ya no hay mujeres como ella. Buenas noches, perla de los parientes polÃticos.
Durante toda la visita, Ana no habÃa pronunciado palabra. ¿Para qué, si la señora Elliott estaba haciendo su trabajo de manera tan inteligente… e inconsciente?
Cuando Richard Chase se despedÃa de ellas, de pronto se inclinó hacia adelante, como para hacerle una confidencia a Ana.
—Tiene el par de tobillos más hermosos que he visto en mi vida, señora Blythe, y le aseguro que he visto muchos en mis tiempos.
—¿No es terrible ese hombre? —dijo, alarmada, la señorita Cornelia mientras caminaban por el sendero—. Siempre dice cosas espantosas a las mujeres. No le hagas caso, querida Ana.
Ana no le hizo caso. Más bien le habÃa gustado Richard Chase.