Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside «No creo —reflexionó—, que le haya gustado mucho la idea de que Stella no despierte admiración entre los hombres, a pesar del hecho de que sus ancestros hayan sido monos. Creo que a él también le gustarÃa la idea de "hacerle ver a la gente". Bien, he hecho todo lo que podÃa hacer. He interesado a Alden y a Stella, y entre las dos, entre la señorita Cornelia y yo, creo que hemos predispuesto a la señora Churchill y al señor Chase más a favor que en contra del romance. Ahora debo sentarme tranquila a ver qué resulta».
Un mes después, Stella Chase fue a Ingleside y volvió a sentarse en los escalones de la galerÃa junto a Ana… Pensaba que esperaba ser algún dÃa como la señora Blythe, con ese aire maduro, ese aire de una mujer que ha vivido una vida completa y llena de gracia.
La fresca y nublada noche era la secuela de un dÃa fresco, entre gris y amarillento, de principios de septiembre. Estaba entramado con el suave gemido del mar.
—El mar es desdichado esta noche —dirÃa luego Walter, cuando oyera el sonido.
Stella estaba como abstraÃda y callada. Pero abruptamente, mirando el embrujo de estrellas que se tejÃa en la noche púrpura, dijo:
—Señora Blythe, quiero decirle algo.
—¿SÃ, querida?