Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —AdmirarÃan tu dinero, supongo. Se descorazonaron en seguida, ¿me equivoco? Una andanada de sarcasmo de tu parte y se fueron. Si hubieran querido a Stella de verdad, no se habrÃan amilanado ante eso ni ante tus imaginarios perros guardianes. No, Richard, debes admitir el hecho de que Stella no es una muchacha que consiga novios interesantes. Tampoco lo era Lisette, tú lo sabes. No habÃa tenido ni un admirador hasta que llegaste tú.
—¿Pero no valió la pena esperar a que llegara yo? Lisette era una muchacha muy prudente. Yo no voy a entregarle mi hija a cualquiera. Ella es mi estrella y, a pesar de tus comentarios despectivos, puede brillar en los palacios de los reyes.
—No hay reyes en Canadá —replicó la señorita Cornelia—. Yo no digo que Stella no sea una muchacha muy dulce. Sólo digo que los hombres no lo ven asà y, considerando su constitución fÃsica, me parece conveniente. Y es una suerte para ti, también. Tú no podrÃas vivir sin ella, te sentirÃas tan desvalido como un bebé. Bien, prométenos una contribución para la cocina de la iglesia, y nos vamos. Ya sé que te mueres por ponerte a leer.