Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¿El sofá? Ah, sí, los muebles son muy anticuados, ¿no? Pero se los lleva con ella, y Alden va a amueblar todo de nuevo. De manera que, como ve, todos están contentos, señora Blythe. ¿Usted no nos daría también sus buenos deseos?
Ana se inclinó hacia adelante y le dio un beso a Stella en la sedosa y fresca mejilla.
—Me alegro muchísimo por ti. Dios bendiga los días que te esperan, mi querida.
Cuando Stella se hubo ido, Ana subió corriendo a su dormitorio para no ver a nadie por unos momentos. Una cínica y torcida luna vieja salía desde detrás de unas nubes sucias, por el este, y los campos parecían hacerle guiños astuta y traviesamente.
Repasó lo sucedido en todas las semanas precedentes. Había arruinado la alfombra del comedor, destruido dos atesoradas joyas heredadas y echado a perder el techo de la biblioteca; había intentado usar a la señora Churchill como a un títere, y la señora Churchill seguramente se había reído de ella todo el tiempo.